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Henri
de Toulouse Lautrec y los caballos
Toulouse Lautrec, ha sido uno de los pintores que mas me ha
impresionado del gran movimiento francés pictórico por excelencia.
Toulouse, nacido en el seno de una familia de rancio abolengo (como
se decía antiguamente), aristócrata “carolingio”, descendiente
directo de los Condes de Toulouse, tuvo una vida tan luminosa en su
arte como triste en su vida personal. Siempre que he contemplado
cuadros de este artista, me asaltan las mismas impresiones; ¿Cómo se
puede ser tan pletórico con el arte y tan gris en la vida
cotidiana?, ¿Cómo se puede ver la vida desde el prisma de la
revelación genial del don del talento pictórico y por el contrario
estar destinado a un final negro y eclipsado? Probablemente es así
la vida, pero en el caso de Toulouse, su dualidad artista-hombre, le
llevó a emerger solamente en una dirección. Van Gogh, amigo suyo (lo
conoció en el estudio del pintor Fernand Cormon) tuvo un patrón
similar.
Debido a la consanguinidad de sus padres, Henri, tuvo una tremenda
enfermedad llamada, picnodistosis, que le provocaba una calidad ósea
espantosa. Tuvo dos fracturas de ambos fémures de ambas piernas, lo
que le llevó a un crecimiento deteriorado, dejándole como triste
regalo una deformidad que le crucificó en su ánimo.
Su primer cuadro, lo pintó con 13 años y se bautizó como “Artilleros
a caballo”; primera escaramuza con la que se adentró en el mundo
del caballo.
Cuando decide dedicarse exclusivamente a la pintura, es introducido
en el estudio del maestro Léon Bonnat, aunque éste dedica a su
pupilo Toulouse frases como, “dibuja de forma horrible, nunca
llegará a nada”. ¡Cráneo Privilegiado el suyo! Maestro del
entendimiento.
Con veinte años decide ir a vivir a Montmartre (París), en donde se
encuentra con vecinos y amigos como Edgar Degas, otro gran pintor de
caballos. Comienza a sentir una fascinación increíble por el sórdido
mundo de los locales de diversión nocturnos, llegando a convertirse
en cliente exclusivo de estos
locales (Moulin Rouge, Le Chat Noir, Moulin de la Gallete,……….).
Todo lo relacionado con este mundo, incluida la prostitución en la
que se refugia, pasa a ser parte de su vida y por supuesto de su
obra. Sus modelos por excelencia empiezan a ser, bailarines,
prostitutas, actores, prostitutas cambiándose o revisándose
médicamente, al acabar el servicio,…….., todo lo relacionado con un
sub-mundo de marginalidad y de tristeza. Los dueños de los locales
le pidieron (gracias a Dios para la posteridad) que dibujara
carteles para promocionar sus espectáculos, hecho que le hizo
entregarse a esta cuestión, con audacia e imaginación. Sus clásicos
cuadros de Jane Abril (famosa bailarina de la época), de Valentín
(el bailarín descoyuntado), de Mairie (una de sus prostitutas
“favoritas”), de la Goulue (bailarina de traza marginal), hicieron
de este artista un ejemplo de lo que su talento era capaz de crear.
Contrajo la sífilis, entre grandes espasmos de absenta, lo que le
llevó a caminar por el tétrico mundo de la locura y el delirio.
Todo lo que sufrió como persona, nos lo dedicó como artista; todo lo
que se corrompió como ser humano, nos lo regaló con creces como
eternidad; todo lo que hacía por destruirse, nos lo servía como alma
de la creación.
Toulouse despreciaba los paisajes y las marinas; él, se consideraba
un cronista social, mezclándose con el pueblo y pintando lo que él
veía con su prisma de alegría triste.
Su alcoholismo y su vida desenfrenada, le llevaron a padecer manías
persecutorias, depresiones, ataques y parálisis de las piernas; en
1987, tras una gran borrachera, se dedicó a disparar las paredes de
su casa, tratando de matar arañas y ardillas.
Sus amigos y familia tratan de reclutarlo para un hospital
psiquiátrico, pero Henri, para demostrar que no estaba loco realiza
una sorprendente exposición sobre el mundo del circo. Su adicción
por el alcohol era tal, que llegaba a mezclar en la misma copa
absenta, cognac y champagne, construyéndose un especial bastón en el
que en el mango, podía esconder alcohol, ante las ya terribles
miradas de su madre.
La obra de Toulouse, posee una especial espontaneidad y una gran
capacidad de recoger “el movimiento”. Su primera influencia además
de la pintura japonesa, fue el movimiento impresionista francés, en
especial su amigo Degas, aunque no, los paisajes excepcionales de
Monet y Renoir; fue la vanguardia del modernismo.
Cuando la colección Camondo (una familia que llevaba años y años
coleccionando pintura), se cedió al museo del Louvre, tenía algunas
obras de Toulouse Lautrec (aunque estaba ya al borde de la muerte),
por lo que Henri, fue el primer pintor vivo de la historia en entrar
en el templo del Louvre.
Dentro de las creaciones de Toulouse con respecto al mundo del
caballo, hay dos cuadros que me parecen definitivos en su obra. Uno
es, el “artillero ensillando un caballo”; ¡qué gran creación! Los
lectores que hayan llegado hasta aquí y no se hayan ya aburrido de
este escrito, les ruego dediquen un instante en contemplar a
Toulouse en estado puro.
Pero por encima de todos está uno de los grandes cuadros de caballos
de carreras que haya pintado nadie; “El jockey”; el movimiento, el
color, la energía que desprende, la imaginación y su personal visión
del Turf, hacen de esta obra de arte un gran cuadro de caballos.
Henri Toulouse Lautrec, fue un mago de la pintura, un gurú del
modernismo; pero en especial, retrató a los caballos bajo la
contemplación con un cristal del idealismo más audaz. Al igual que
Cervantes nos pintó a un Quijote eterno, Toulouse escribió los
caballos desde la perspectiva del talento.
Que su negra vida sea recompensada allá en donde esté; a nosotros ya
nos ha recompensado con su creación.
Carolo
López-Quesada
31/3/08 |